El retorno de los brujos

Tengo una gran torpeza manual y lo deploro. Me sentiría mejor si mis

manos supiesen trabajar. Manos capaces de hacer algo útil, de

sumergirse en las profundi­dades del ser y alumbrar en él un manantial

de bondad y de paz. Mi padrastro (al que llamaré mi padre, pues él

me educó) era obrero sastre. Era un alma vigorosa, un espíritu

realmente mensajero. Decía a veces, sonriendo, que el primer fallo de

los clérigos se produjo el día en que uno de ellos representó por

primera vez un ángel con alas: hay que subir al cielo con las manos.

L. Pauwels & J. Bergier

1960  

 


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