Los cristianismos derrotados

La idea general de este libro estaba en mi cabeza mucho tiempo

antes de que me decidiera a escribirlo. En realidad estaba en ciernes

como expansión necesaria e interesante del capítulo 10 de la Guía

para entender el Nuevo Testamento”, que lleva por título “El

comienzo de la reinterpretación de Jesús”. Pero esta expansión ha

adquirido vida por sí misma y ha resultado un proyecto muy

distinto y mucho más rico.

Por otro lado tiene también ciertas concomitancias con el libro de

Bart Ehrmann, Lost Chrisitnities”, editado en español como

“Cristianismos perdidos”. Pero a su vez y de nuevo la realización de

“Cristianismos derrotados” es muy distinto y espero que mucho

más completa.

Sin duda, el anuncio de la existencia de este premio –realizado en

una de las tertulias sobre temas de heterodoxia, también

propiciadas por Ámbito Cultural de El Corte Inglés y Edaf (que

ustedes tienen en Internet)- fue un acicate interesante para que el

autor se decidiera por fin a emprender la tarea y emprendiera a

labor de precisa su contenido y redactarlo.

Algunos de los presentes que estuvieron este mismo año a la

presentación de Los Apocalipsis. 45 textos apocalípticos, de Editorial

Edaf, recordarán que -al hablar de la influencia moldeadora de los

círculos e idas apocalípticos judíos en el cristianismo naciente-

mencioné muy de pasada la existencia en el siglo II de por lo menos

9 o 10 cristianismos diferentes:

Doscientos años después de la muerte de Jesús- un observador

imparcial que se paseara entre los cristianos podría observar entre

ellos una gran unidad, cierto, pero también la existencia de

bastantes grupos diferentes al “ortodoxo” o mayoritario: por los

menos 9 o 10 cristianismos diferentes.

Eran –enumerados de prisa- los siguientes:

• Cristianismos que negaban que Jesús fuera Dios: ebionitas,

nazarenos.

• Cristianos que negaban a Pablo de Tarso y su doctrina, al que

denominaban falso profeta y traidor a Jesús y a la ley de Moisés: el

grupo que está detrás de la literatura Pseudo Clementina.

• Cristianismos proféticos en los que la comunidad era regida no por

obispos y presbíteros, sino por profetas: montanistas y gnósticos del

siglo II.

• Cristianismos que negaban la validez, la verdad o la inerrancia de

las Escrituras sagradas: Marción, Pseudo Clementinas, ciertos

gnósticos testimoniados sobre todo en los textos de Nag Hammadi

• Cristianismos que negaban la encarnación verdadera de Jesús:

docetas, grupos que están detrás de los Hechos apócrifos de los

apóstoles

• Cristianos que negaban la resurrección futura: grupos que

aparecen mencionados en Pablo (1 Corintios) y en las Epístolas

Pastorales

• Cristianismos que promocionaban la independencia de las mujeres:

grupos representados por el Evangelio de María Magdalena o por

los Hechos apócrifos de los apóstoles

• Cristianismos que negaban el cuerpo y el mundo, es decir, que

promovían un ascetismo extremo, y que se manifestaban

totalmente contrarios a la vida sexual y al matrimonio. Grupos

representados por el Evangelio de los Egipcios, la Epístola del

Pseudo Tito, los Hechos apócrifos de los apóstoles

• Cristianismos que promocionaban una vida libre e incluso

libertina: gnósticos libertinos criticados por Epifanio (los fibionitas) e

Ireneo de Lyon; los carpocracianos mencionados por Clemente de

Alejandría

El libro parte de los inicios mismos del nacimiento del cristianismo

que dan origen a este panorama. “Cristianismos derrotados” intenta

explicar –con un lenguaje sencillo y con absoluto interés pedagógico

y didáctico- primero cómo se llega a esta situación del siglo II, y

naturalmente lo que vine después. En otras palabras: que estamos

acostumbrados a hablar de “cristianismo”, en singular, cuando nos

referimos a la religión dominante en el hemisferio occidental. Sin

embargo, sería mucho más apropiado utilizar este vocablo en plural,

“cristianismos”, tanto en nuestro tiempo como en la Antigüedad y

en los inicios mismos del movimiento cristiano.

Por tanto, el libro comienza buceando en el ambiente de los

primeros seguidores de Jesús y procura aclarar cómo el nacimiento

de la teología cristiana –que es lo mismo que decir el nacimiento del

cristianismo- sólo tiene lugar después de la muerte de Jesús a base

de una gran tarea intelectual por el grupo de sus seguidores, que no

eran muchos, de explicar a la gente cómo había sido en realidad la

vida, la figura y la misión de Jesús de Nazaret.

El grupo de cristianos que funda el cristianismo no se quedó parado,

rezando y esperando a que viniera el fin del mundo, a que volviera

Jesús desde los cielos para cumplir su tarea de introducir el reino de

Dios en otro mundo sustancialmente distinto, sino que al igual que

los esenios de Qumrán, lo autores o recopiladores de los

manuscritos del mar Muerto, se dedicaron a explicar a judíos y a los

paganos que estaban a su alcance la importancia de Jesús para la

salvación.

El libro explica clarísimamente que toda reinterpretación,

heroización de una figura es necesariamente plural, porque son

muchos los que intentan esa tarea. Esta interpretación se hace a

base de estudiar lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento para

descubrir en él a Jesús. Esta tarea es esencialmente alegórica. Y

aquí y ésta es otra de las líneas del libro –la teología cristiana de

Pablo y de otros cristianismos nace en un ambiente judío, sí pero

profundamente helenizado: o es griega o no es- y se hace a base del

método alegórico. Es decir, se encuentra a Jesús en el Antiguo

Testamento a base de alegorizar a éste. La ciencia de la

interpretación de los textos griegos considerados como venerables

comienza en Alejandría; el arte de la hermenéutica se desarrolló allí

en torno a los textos homéricos que constituían el primer fondo

literario helénico. El estudio del incomparable fondo literario y

religioso que constituían la Ilíada y la Odisea representan el primer

período glorioso de la hermenéutica alejandrina.

El arte de descifrar lo que está escrito sólo puede darse cuando se

ha constituido un conjunto de textos cuya evidencia no se manifiesta

de manera inmediata. En este caso, los cristianos debían dar sentido

a ciertos pasajes del Antiguo Testamento, si es que lo ocurrido con

Jesús como mesías, el Cristo, debía ser como se creía, el

cumplimiento de la alianza antigua de Yahvé con su pueblo. Sobre

todo en Alejandría es donde se practicaba el comentario alegórico

del texto recibido, una técnica de exégesis que constituyó el modelo

a seguir para la interpretación de los dos Testamentos en los

primeros siglos del cristianismo y que determina todo su

nacimiento.

Una vez aclarado –espero- cómo nace el cristianismo -a saber como

un auténtico fenómeno exegético, de interpretación de repensar, de

reinventar a Jesús- intento luego sumergir al lector en el siglo II y

empiezo a explicarle varias cosas fundamentales:

Una: qué opinaban teológicamente esos cristianismos hasta el

Concilio de Nicea y Calcedonia/Constantinopla: cómo había una

diversidad grande de interpretaciones de Jesús y de la Iglesia

dentro de una cierta unidad.

Segunda: Cómo dentro de esa diversidad existió desde el principio

un grupo, formado alrededor de la teología de Pablo de Tarso, que

es el más compacto y numeroso de todos –ha conseguido convencer

a más paganos que los otros grupos para que se hagan discípulos de

Jesús- y de qué medios se valen para hacer que su interpretación

de la figura y misión de Jesús de Nazaret vaya poco a poco

eliminando otra interpretaciones.

Explico también de qué medios se vale este grupo mayoritario para

alzarse con el poder absoluto dentro de los diferentes cristianismos,

a saber:

1. El control absoluto de la comunidad en cuanto masa social, con sus

jefes –o cargos eclesiásticos- como sucesores de los apóstoles en

especial de Pablo.

2. El control ideológico del grupo, al ser los que mantenían

oficialmente el “depósito” de la recta doctrina. Formación del

concepto de herejía. El que no piense como el grupo mayoritario es

massa damnata, gente destinada a la condenación.

3. El control de la interpretación de la Escritura común con el

judaísmo, el Antiguo Testamento.

Cuando se lleve a cabo este triple programa (“recta interpretación”

de los textos sagrados; formación del concepto de “tradición” o recta

doctrina; establecimiento de la jerarquía basada en la “sucesión

apostólica”), a lo largo de los siglos II y III, tendremos completado

el proceso de constitución del cristianismo.

Tercera: el libro ofrece una visión sintética y espero que clara de los

principales cristianismos que van quedando derrotados a la vera del

camino hasta el siglo XII. He hecho un esfuerzo de síntesis para

presentar al público cuáles eran las ideas de estos cristianos:

maniqueos, arrianos, nestorianos, priscilianistas, pelagianos,

bogomilos, cátaros, etc. de modo que puedan Ustedes ahorrarse

centenares de horas de lectura y encuentren cómodamente

sintetizadas en el libro lo que una persona culta debe saber de estos

cristianismos.

Para que se hagan una idea de la pervivencia de otros cristianismos

a pesar de la fuerza tremenda del paulinismo dominante voy a

ofrecer, como complemento a lo que se dice en el libro, dos

perspectivas:

A. unas breves pinceladas sobre la interpretación más judía del

cristianismo.

Y B. Algunos textos sobre la lucha del grupo mayoritario contra los

herejes.

A. Se suele decir que cuando las tropas romanas acabaron con el

grupo de judeocristianos que tenía su sede principal en Jerusalén,

en el año 70, el judeocristianismo dejó de existir en la práctica. Yo

creo que hay que matizar seriamente esta afirmación:

1. Muchos años más tarde el judeocristianismo nos lega tres

evangelios apócrifos importantes, tanto que concitan la atención de

S. Jerónimo. Estos son los Evangelios de los hebreos, Evangelio de

los nazarenos y Evangelio de los ebionitas.

2. El judeocristianismo nos ha legado un corpus amplísimo de

literatura ideológico-novelesca: Las Homilías Pseudoclementinas y

las Recognitiones, que editaremos Gonzalo del Cerro y yo en la serie

Hechos Apócrifos de los Apóstoles.

3. Aparte de la secta o grupo de los ebionitas –que dura hasta los

siglo V o VI- tenemos otro grupo, el de los elcasaítas, que tiene

enorme importancia porque es él probablemente el que transmite al

maniqueísmo la base cristiana que esta religión posee.

4. El cristianismo egipcio, según el testimonio del historiador

Sócrates (Historia eclesiástica, V 22), en el siglo V todavía celebraba

la eucaristía el sábado por la tarde junto con una comida.

5. La situación de las comunidades judía y cristiana parece vivir un

momento crucial en el siglo III. Tal como apunta lo ocurrido con un

obispo, llamado Pablo de Samosata, hubo en Antioquía una

confrontación constante entre cristianos de cultura y costumbres

orientales y los cristianos helenizados. La conducta de Pablo de

Samosata en la época en que Zenobia era reina de Palmira, durante

los años 260-270, testimonia la vocación oriental, quizás judaizante,

de la región al norte de Antioquía de donde Pablo era oriundo, ya

que la historia de sus debates doctrinales es en parte la de sus

choques con la iglesia helenizada de Antioquía.

Pablo de Samosata, a la sazón obispo de Antioquía, adquirió entre

los obispos de las diócesis vecinas fama de judaizante. Su judaísmo

inicial, verdadero o apócrifo, está ligado según la tradición

eclesiástica a su relación con Zenobia, relación que es innegable

desde el punto de vista histórico. El que se acusara a un obispo de

judaizante tiene interés enorme: el judeocristianismo seguía vivo y

con ello la atracción por la religión madre.

B. La lucha contra los herejes es feroz ya en el siglo II. Así el

problema de los herejes está en el centro de las preocupaciones de

Ignacio de Antioquía a principios del sigo II. Un cristiano, Satornilo,

predicaba en Antioquía que Cristo no había tenido una realidad

física: era la tesis del docetismo. Como su mismo nombre indica

(dokeô, “parecer”), Cristo no era más que mera apariencia para esta

secta. El obispo de Antioquía replica con elocuencia que “Jesucristo

nació verdaderamente, que comió y bebió verdaderamente así como

que fue perseguido y crucificado, que murió y verdaderamente

resucitó”.

Pero el docetismo siguió teniendo muchos partidarios en Antioquía.

Después de Ignacio, Serapión, obispo de la ciudad de 190-191 hasta

211-212, tuvo que luchar para poner fin a este movimiento; sus

acciones nos manifiestan cómo la autoridad eclesiástica vigilaba el

problema de los herejes. He aquí la carta de Serapión a los cristianos

de Rosos a propósito del evangelio apócrifo de Pedro que se presaba

a defender las tesis de Satornilo:

Nosotros, hermanos míos, recibimos a Pedro y a los otros apóstoles

como a Cristo mismo; en cuanto a los escritos que algunos adjudican

falsamente a su nombre, la experiencia nos enseña a rechazarlas,

porque tenemos conciencia de no haberlos recibido por tradición.

A veces era difícil definir quiénes eran los herejes. La concordia

entre las comunidades se abría camino difícilmente a causa de la

divergencia de las doctrinas. Dionisio de Alejandría escribió a

Esteban, obispo de Roma, hacia el 254, que por fin se había

realizado la unidad de las iglesias. Éstas son sus palabras:

Sabe ahora, hermano, que están unidas todas las iglesias de Oriente

e incluso las más lejanas, que antes estaban divididas; que todos sus

dirigentes, en todas partes, tienen los mismos sentimientos y se

alegran, más de lo que se puede figurar, de la paz alcanzada contra

toda esperanza:

Sin embargo no reinaba la armonía tanto como Dionisio quería hacer

creer. Apenas dos años más tarde, en la carta que dirigió a Sixto II –

sucesor de Esteban- trata de las importantes divergencias que

existían en el interior de las comunidades de Cilicia, de Capadocia y

de Galacia en relación con la validez del bautismo otorgado por los

herejes. El obispo de Roma lo consideraba válido, pero los obispos

que dependían de Antioquía estimaban que era preciso reiterarlo.

Era ésta una brecha en la unidad que dio ocasión a Antioquía para

hacer bloque con Cilicia, Capadocia y Galacia. Ya al final del siglo II

en la época de Serapión, encontramos un primer indicio de la

independencia que quería conquistar para sí en Oriente la iglesia de

Antioquía.

Por último, los que no seguían la línea oficial contaron todavía en el

siglo V con la ayuda de algunos emperadores. Teodoreto de Ciro

(393-hacia el 466), en su Historia eclesiástica, proporciona detalles

sobre las actuaciones del emperador Valente (364-378) en

Antioquía. Su texto pone de manifiesto cómo paganos, judíos y

cristianos (heterodoxos, según el historiador) se comportaban en el

universo heterogéneo de la ciudad a pesar de que el Imperio

romano fuese ya en esa época oficialmente cristiano:

Valente, que pasaba la mayor parte de tiempo posible en Antioquía,

había dado licencia a los paganos, a los judíos y a todos los que bajo

la cobertura del nombre de cristianos proclamaban dogmas

contrarios a las máximas evangélicas. De hecho, los servidores del

error oficiaban sus misterios paganos; Valente permitió que

floreciese de nuevo la mentira que, después de Juliano, se había

extinguido bajo Joviano. Se celebraron de nuevo las diasias, las

dionisíacas, las festividades de Deméter y no a escondidas, como se

hubiese esperado en un imperio cristiano; las bacantes realizaban

sus carreras en el centro del ágora (Historia eclesiástica IV 24, 2-4).

No quiero cansarles más. Espero que disfruten con la lectura del

libro, que aprecien el esfuerzo de claridad y de síntesis, y que

concluida la lectura tengan en sus mentes como idea ya bien

adquirida y asentada que la variedad es la esencia del cristianismo y

que un mejor conocimiento de las heterodoxias del cristianismo

tanto de los primeros siglos como posteriores ensancha el horizonte

de la comprensión de esta religión.

Y por último: da la impresión de que con la represión de cátaros y

albigenses la Iglesia mayoritaria gozó de paz. Pero esta paz era

engañosa. Al parecer el grupo mayoritario quedó satisfecho con la

represión a sangre, fuego de los movimientos que he mencionado y

con el hallazgo de la Inquisición, realizado esos momentos. Pero su

éxito fue sólo aparente, pues la represión de cátaros y bogomilos y

otros, como los valdenses, dejó un poso de descontento hacia la

representación visible de la Gran Mayoría, la Iglesia de Roma, que

alcanzaría su expresión primero en la confirmación de la gran

partición de la cristiandad en católicos occidentales y ortodoxos

orientales (el cisma de Oriente), y segundo en los comienzos del

siglo XVI con los inicios de la Reforma protestante.

La Reforma tuvo un éxito fulgurante debido no sólo, ni mucho

menos, a motivos religiosos, sino también de índole puramente

política y social. De esto no caber duda. Pero desde ese siglo la

pluralidad del cristianismo fue imparable de nuevo. Hoy se cuentan,

como mínimo, unas quinientas confesiones cristianas de cierta

envergadura. Parece empresa titánica e imposible luchar contra esa

variedad, pues la variedad polimórfica pertenece a la esencia del

cristianismo desde su nacimiento mismo.

Antonio Piñero

 Source: antoniopinero.com


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