Historia de Cristo

De quinientos años a esta parte, los que se llaman “espíritus

libres”, porque han desertado de la Milicia por

los Ergástulos, se desviven por asesinar una segunda vez

a Jesús. Para matarlo en el corazón de los hombres.

Apenas pareció que la segunda agonía de Cristo llegaba

a los penúltimos estertores, se presentaron los necróforos.

Jumentos presuntuosos que habían tomado las

bibliotecas por establos; cerebros aerostáticos que creían,

poder tocar con la mano la sumidad de los cielos, montados

en la montgolfiera de la filosofía; profesores atacados

de satiriasis por fatales borracheras de filología y

de metafísica, se armaron —¡el Hombre lo quiere!—

como otros tantos cruzados contra la Cruz. Algunos extravagantes

creadores de fábulas dieron en propalar, con

una fantasía que deja chiquita la famosa de Radeliffe,

que la historia de los Evangelios era una leyenda, a través

de la cual, se podía, cuando mucho, reconstruir una

vida natural de Jesús, el cual fue por un tercio profeta,

por un tercio nigromante, y por el otro tercio caudillo

de la plebe; y no hizo milagros, como no lo sea la curación

hipnótica de algún poseído; y no murió en la cruz,

sino que despertó en el frío de la tumba y reapareció

luego con aire de misterio, para hacer creer que había

resucitado. Otros demostraban, como dos y dos son cuatro,

que Jesús es un mito creado en tiempos de Augusto

y de Tiberio y que todos los Evangelios se reducen a un

mal combinado mosaico de textos proféticos. Otros representan

a Jesús como un ecléctico aventurero, que había

concurrido a las escuelas de los Griegos, de los Budistas

y de los Esenios y había amasado, a la de Dios es grande,

sus plagios para hacerse creer el Mesías de

Israel. Otros hicieron de él un humanitario maniático,

precursor de Rousseau y la “divina” Democracia: hombre

excelente para su tiempo, pero que, en la actualidad

sería confiado al cuidado de un alienista. Otros, finalmente

y para terminar de una vez por todas, volvieron

a la idea del mito y, a fuerza de fantasear y de comparar,

llegaron a la conclusión de que Jesús no había nacido

en ningún lugar del mundo.

 

Pero ¿quién ocuparía el puesto del gran Desterrado?

Cada día se ahonda más la huesa, pero no lograrán enterrarlo

del todo en ella.

 

Y cata aquí una escuadra de faroleros y recuadradores

del espíritu dedicados con ahínco a fabricar religiones

para el uso y consumo de los irreligiosos. Durante todo

el ochocientos las hornearon de a pares y de a media

docena a la vez. La religión de la Verdad, del Espíritu,

del Proletariado, del Héroe, de la Humanidad, de la

Patria, del Imperio de la Razón, de la Belleza, de la Naturaleza,

de la Solidaridad, de la Antigüedad, de la Energía,

de la Paz, del Dolor, de la Piedad, del Yo, de lo

Futuro, y así sucesivamente. Algunas no eran más que

malos remedios del Cristianismo decapitado y deshuesado,

de Cristianismo sin Dios; las más eran políticas o filosofías

que tentaban cambiarse en místicas. Pero pocos

eran los fieles y débil el entusiasmo. Aquellas abstracciones

heladas, aunque sostenidas, a veces, por intereses

sociales o por pasiones literarias, no llenaban los corazones

de donde se había querido arrancar a Jesús.

 

Se tentó, entonces, compaginar facsímiles de religiones

que tuvieran, más y mejor que las otras, lo que los hombres

buscan en la religión. Los francmasones, los espiritistas,

los teósofos, los ocultistas, los científicos, creyeron

haber encontrado el sucedáneo infalible del Cristianismo.

Pero estas ollas podridas de supersticiones mohosas

y de cabalística cariada, de simbólica simiesca y de humanitarismo

acedo, estos remiendos mal zurcidos del budismo

de exportación y de Cristianismo falsificado, si

contentaron a algunos millares de mujeres pasadas de

moda, de bípedos pollinos, de condensadores del vacío,

pare usted de contar.

 

Mientras, entre un presbiterio tudesco y una cátedra

suiza, se venía preparando el último Anticristo. Este,

bajando de los Alpes hacia Oriente, dijo: “Jesús ha mortificado

a los hombres; el pecado es bello, la violencia

es bella, es bello todo lo que dice sí a la Vida”. Y Zarathustra,

después de haber arrojado al Mediterráneo los

textos griegos de Leipzig y las obras de Maquiavelo, comenzó

a picotear, con el donaire que puede tener un

tudesco nacido de un pastor protestante y bajado entonces

de una cátedra helvética, a los pies de la estatua de

Dionisio. Pero por más que sus cantos resultaran dulces

al oído, nunca logró explicar qué es esta “adorable vida”

a la cual se debía sacrificar una parte tan viva del hombre

cual es la necesidad de vencer en sí mismo a la bestia;

ni nos supo decir la manera como el Cristo vivo de

los Evangelios se contrapone a la vida, él que la quiere

más elevada y feliz. Y el pobre Anticristo sifilítico, en

los umbrales ya de la locura, firmó su última carta así:

El Crucificado.

 

Así y todo, a pesar de tanto derroche de tiempo y de

ingenio. Cristo no ha sido expulsado de la tierra.

Su memoria se encuentra en todas partes. En las paredes de las

iglesias y de las escuelas, en la cúspide de los campanarios

y en las cimas de los montes, en los nichos de las

calles, a la cabecera de lo lechos y sobre las tumbas, millones

de cruces recuerdan la muerte del Crucificado.

Raspad los frescos de las iglesias, removed los cuadros

de los altares y de las casas; con todo la vida de Cristo

llena los museos y las galerías. Arrojad al fuego los misales,

los breviarios, los eucologios y hallaréis lo mismo

su nombre y sus palabras en todos los libros de las literaturas.

Hasta la blasfemia es un involuntario recuerdo

de su presencia.

 

La Gentilidad y la Cristiandad nunca podrán soldarse

entre sí. ANTES DE CRISTO Y DESPUÉS DE CRISTO.

Nuestra era, nuestra civilización, nuestra vida empieza

con el nacimiento de Cristo. Lo que fue antes de su venida

podemos buscarlo y saberlo, pero no es más nuestro,

está señalado con otros números, circunscrito en otros

sistemas, no agita más nuestras pasiones: puede ser todo

lo bello que se quiera, pero está muerto. César, en sus

tiempos, hizo más ruido que Jesús, y Platón enseñaba

más ciencia que Cristo. Todavía se habla del primero y

del segundo, pero ¿quién se acalora por César o contra

César? ¿Y dónde están, hoy, los platónicos o antiplatónicos?

 

En cambio, Cristo está siempre vivo en nosotros. Hay

todavía quien lo ama y quien lo odia. Existe una pasión

por la pasión de Cristo y una por su destrucción. El enfurecerse

de tantos contra él dice bien claramente que

todavía no ha muerto. Los mismos que se desviven por

negar su doctrina y su existencia pasan la vida recordando

su nombre.

 

Vivimos en la era cristiana. Y ésta no ha terminado.

Para comprender este mundo nuestro y nuestra vida,

para comprendernos a nosotros mismos, hay que referirse

a él. Cada edad debe volver a escribir su Evangelio.

También la nuestra lo ha escrito, y’ más que otra alguna.

De suerte que el autor de este libro debería, llegado

a este punto, justificarse de haberlo escrito. Mas la justificación,

si es necesaria, se manifestará a los que lo leyeran

hasta la última página.

 

Ningún tiempo como éste estuvo tan apartado de Cristo

y tan necesitado de Cristo. Pero para volverlo a hallar

no bastan los libros viejos.

Ninguna vida de Jesús, así la escribiera el escritor de genio

más sublime de cuantos han existido, podría ser

más bella y “perfecta que los Evangelios. La candida sobriedad

de los primeros cuatro historiadores no podrá

ser superada jamás por todas las maravillas del estilo y

de la poesía. Y bien poco podemos añadir a lo que ellos

dijeron.

 

Mas ¿quién lee hoy a los Evangelistas? ¿Quién los sabría

leer de veras, en caso de leerlos? Las glosas de los

filólogos, los comentarios de los exégetas, las variantes y

la erudición de los apostilladores de poco sirven: enmiendas

a la letra, juegos de admirable paciencia. Pero

quiere otra co«a el corazón.

 

Cada generación tiene, en efecto, sus preocupaciones y

sus ideas propias —y sus locuras—. Se impone una nueva

traducción del antiguo Evangelio en favor de los descarriados.

Para que Cristo viva siempre en la vida de los

hombres, para que esté eternamente presente, es forzoso

resucitarlo de vez en cuando; no para retocarlo con los

colores de moda, sino para representar, con palabras

nuevas y con referencias a la actualidad, su eterna verdad

y su historia inmutable.

 

El mundo está lleno de estas resurrecciones de librería,

doctas o literarias: pero parécele al autor de la presente,

que muchas han sido olvidadas y que otras no son

apropiadas. Especialmente en Italia, después de las últimas

experiencias.

 

Para narrar la historia de las historias de Cristo fuera

menester otro libro y más voluminoso que éste. Pero las

más leídas y conocidas se pueden dividir, así a ojo de

buen cubero, en dos grandes porciones. Las escritas por

gente de la Iglesia para los creyentes y las escritas por

hombres de ciencia para los profanos. Ni aquéllas ni

éstas pueden satisfacer a quien busca en una vida, la

Vida.

 

De las vidas de Jesús destinadas a loe devotos se desprende

un no sé qué de marchito y rancio que repele,

desde las primeras páginas, al lector habituado a alimentos

más delicados y sustanciosos. Hay un humazo de pabilo

recién apagado, un hedor de incienso desvanecido

y de aceite inferior que corta el aliento. No se respira

bien. El incauto que se aproxima, recordando la vida de

los grandes escritas con grandeza, y poseyendo algunas

nociones del arte de escribir y de la poesía, siente como

un vahído al avanzar por esa prosa floja, pesada, deshilachada,

conjunto de remiendos y mosaicos de lugares

¡ ay! demasiado comunes, que vivieron mil años ha, pero

que hoy yacen exánimes, cristalizados, empañados como

las piedras de un lapidario o los llantos, al unísono, de

un ritual.

 

La cosa empeora cuando estos jamelgos extenuados

quieren lanzarse, repentinamente, al galope de la lírica

o al trote de la elocuencia. Sus gracias desusadas, ese

acicalamiento en el decir que sabe a arcadia purista y a

modelos de escritura para las academias provinciales,

ese falso calor, entibiado por una melosa dignidad, acobardan

a los más resistentes y temerarios. Y cuando no

se abisman en los misterios brumosos de la escolástica,

caen en la oratoria hipnótica de la homilía dominical.

En una palabra, son libros escritos para quien cree en

Jesús, es decir, para quien, en cierto sentido, podría prescindir

de ellos. Los hay también óptimos; pero los laicos,

los indiferentes, los artistas, los familiarizados con la

grandeza de los antiguos y con las novedades de los modernos,

no buscan esos volúmenes o bien los abandonan,

después de un primer vistazo. Y, sin embargo, son precisamente

estos lectores los que deberían ser conquistados,

porque son los que Cristo ha perdido, y hoy imponen

al público su opinión y pesan en el mundo.

 

Los otros, los doctos que escriben para los neutros, logran

tanto o menos que aquéllos, en cuanto a llevarle a

Jesús las almas que saben que son cristianas. En primer

lugar porque casi nunca es éste el fin que se proponen y

ellos mismos, con pocas excepciones, se hallan entre los

que deberían ser llevados nuevamente al Cristo real y

vivo; y, después, porque su método, que pretende ser,

según dicen, histórico, crítico, científico, los lleva más

bien a detenerse en los textos y hechos exteriores, para

determinarlos o destruirlos, que en el valor y la luz que

se podrían hallar, queriendo, en aquellos textos y en

aquellos hechos. Los más tienden a encontrar al hombre

en Dios, la normalidad en el milagro, la leyenda en las

tradiciones y, por encima de todo, buscan las interpelaciones,

las falsificaciones y los apócrifos en la primitiva

literatura cristiana.

 

Los que no llegan a negar que Jesús haya vivido podan

todo lo que pueden de los testimonios que todavía

nos quedan acerca de él, y a fuerza de “si”, de “pero”, de

“consideraciones y respetos”, de dudas y de hipótesis, no

alcanzan a escribir historia cierta, aunque, felizmente,

tampoco logran destruir la contenida en el Evangelio,

¡tales y tantas son las contradicciones entre ellos mismos!,

de suerte que cada nuevo sistema tiene por lo menos el

mérito de reducir a la nada todos los inventados antes.

En suma, estos historiadores, con todo su andamiaje de

resortes y remiendos, con todos los recursos de la crítica

textual, de la mitología, de la paleografía, de la arqueología,

logia, de la filología semítica y helenista no hacen más

que triturar y diluir, a fuerza de desmenuzamiento y

artificios, la vida sencilla de Cristo. La conclusión más

lógica de todas estas investigaciones curiosas, de “toda

esta agitación es que Jesús nunca vino a la tierra o que,

si por acaso de veras vino, no podemos decir nada cierto

al respecto.

 

Queda, indudablemente, y no tan fácil de borrar, el

Cristianismo, pero lo único de que son capaces estos enemigos

de Cristo es de ir a Oriente y. a Occidente en demanda

de las “fuentes”, como dicen, del pensamiento

cristiano, con la santa intención, nada disimulada por

cierto, de reducirlo todo a sus precedentes judaicos, helénicos

y, acaso indios y chinos, para luego poder decir:

“¿Veis? Este vuestro famoso Jesús, en resumidas cuentas,

no sólo era un simple hombre, sino un pobre hombre:

tanto es así, que nada ha dicho que el género humano

no lo supiera ya de memoria antes que él”.

 

Podríase preguntar aquí a estos negadores de milagros

cómo explican el milagro de que un sincretismo de

antiguallas haya creado en torno de un obscuro plagiario

un movimiento de hombres, de pensamientos, de instituciones

tan fuerte y fecundo que le ha permitido cambiar

la faz del orbe por muchos siglos. Pero no formularemos,

al menos por ahora, ni ésta ni muchas otras

preguntas que se presentan espontáneas.

 

En pocas palabras: si de la comunidad del mal gusto

de los compiladores piadosos se pasa, en busca de iluminaciones,

a los monopolizadores de la “verdad histórica”,

se cae del aburrimiento devoto en la confusión estéril.

Los primeros no saben conducir, de nuevo, a Cristo los

descarriados, y les otros loi pierden en los laberintos de

la controversia. Y tanto éstos como aquéllos no invitan

a que se les lea: es decir, escriben mal. Si los divide la

fe, en cambio los une la cacografía. Y el énfasis untuoso

repugna tanto a los espiritas cultos, conocedores, así sea

de paso, de la poesía del Evangelio —idilio divino y tragedia

divina— como el hielo de los universitarios.

 

Tan cierto es esto, que boy todavía, después de tantos

años y de tanto cambio de gustos y de opiniones, la única

vida de Jesús que leen los laicos es la del clérigo apóstata

Renán, no obstante provocar náuseas a todo cristiano

verdadero, por su “diletantismo”, ultrajante hasta cuando

alaba, y a todo historiador sincero, por sus prejuicios y

su crítica insuficiente. Mas el libro de Renán, aun pareciendo

la obra de un novelista escéptico de maridaje con

la filología o de un semita que sufre de nostalgias literarias,

tiene el mérito de estar “escrito”, es decir, de hacerse

leer también por los que no son ni creyentes ni

especialistas.

 

Hacerse leer con agrado no es el mayor ni el único mérito

de un libro y quien se contentara con ése sólo y no

valorara los demás, demostraría ser más antojadizo que

amante. Pero convengamos en que es un mérito, y a la

verdad no pequeño, en un libro, es decir, en una cosa

que precisamente se propone ser leída. En particular,

cuando no quiere ser simplemente un útil de estudio, le

basta eso; pero debería llegar basta la que antes se llamaba

“moción de los afectos” o, para hablar en vulgar,

debería tender a “rehacer la gente”.

 

Ha parecido al autor del presente libro —y, en caso

de equivocarse, gozaría en ser corregido por quien esté

más versado— que entre tantos millares de obras como

narran de la vida de Jesús, falta una que satisfaga a

quien busca, en vez de contrapruebas dogmáticas o eruditas

indagaciones, un alimento apto para el alma, para

las necesidades del siglo y de todos.

 

Un libro vivo, entiendo decir un libro que haga vivir

más a Cristo, el siempre viviente, con amorosa vivacidad,

a los ojos de los vivos. Que lo haga sentir presente, de

una eterna presencia, a los presentes. Que lo pinte en

toda su viviente y presente grandeza —perenne y, por

lo mismo, también actual— a los que lo han ultrajado

y rechazado, a los que no lo aman porque nunca vieron

su verdadera faz. Que manifieste cuánto hay de sobrenatural

y de simbólico en sus principios humanos, tan

obscuros, tan sencillos y populares, y cuánto de familiar

humanidad, de popular sencillez se trasluce también en

su mansión de libertador celestial, en su fin de ajusticiado

y resucitado divino. Que muestre, en fin, en esa epopeya trágica

en la que a la. verdad pusieron manos

el cielo y la tierra, cuántas enseñanzas dictadas para nosotros,

apropiadas a nuestros tiempos, a nuestra vida, se

pueden deducir de la misma sucesión de acontecimientos

que se inician en el establo de Belén y terminan en

la nube de Betania.

 

Un libro escrito por un laico para loe laicos y que no

son cristianos o apenas lo son aparentemente. Un libro

sin los dengues del pietismo de sacristía y sin la aspereza

de la literatura que se llama “científica” sólo

porque está perpetuamente poseída por el terror a las

afirmaciones. Y un libro, por último, escrito por un moderno

que tenga un poco de respeto y de conocimiento

del arte, y sepa fijar la atención hasta de los mismos

hostiles.

 

El autor no presume haber hecho un libro tal, aunque

confiesa haber pensado en ello más de una vez: pero

por lo menos ha tentado, de acuerdo con su capacidad,

aproximarse a ese ideal.

E inmediatamente declara, con humildad sincera, que

no ha hecho obra de “historiador científico”. No la ha

hecho porque no habría podido hacerla; pero aun poseyendo

toda la ciencia necesaria no la hubiera querido

hacer. Adviértase, entre otras cosas, que el libro ha sido

escrito casi todo en el campo, en un campo lejano y

agreste, con el auxilio de poquísimos libros, sin consejos

de amigos y sin revisión de maestros. No espera, pues,

ser citado por los cancerberos de la Alta Crítica y por

los escrutadores de cuádruple lente entre las “autoridades

de la materia”; mas esto importa poco, siempre

que el libro pueda hacer algo de bien a alguna alma,

aunque sea una sola. Porque pretende ser, como se ha

dicho antes, una exhumación del Cristo —del Cristo embalsamado

en los aromas evaporados o sajado por los

bisturís universitarios— pero no otra inhumación.

 

El escritor se ha basado en los Evangelios: es decir,

tanto en los Sinópticos como en el cuarto.

 

Las infinitas disertaciones y disputas acerca de la

a u t e n t i c i d a d de los cuatro historiadores (y acerca de las

fechas y de las interpolaciones, de su recíproca dependencia

y de las verisimilitudes y derivaciones) lo han

dejado, confiésalo ingenuamente, indiferente. No poseemos

documentos más antiguos que aquéllos, ni otros contemporáneos,

judíos o paganos, que nos permitan corregirlos

o desmentirlos. Quien se empeña en este trabajo

de selección y de contralor podrá derrochar mucha doctrina,

pero no hará adelantar un solo paso el verdadero

conocimiento de Cristo.

 

Cristo está en los Evangelios, en la Tradición apostólica

y en la Iglesia. Fuera de allí todo es tinieblas y silencio.

Quien acepta los cuatro Evangelios, debe aceptarlos

íntegramente, sílaba tras sílaba; o bien rechazarlos

desde el primero al último y decir: no sabemos nada.

Querer distinguir, en aquellos textos, lo cierto de lo probable,

lo histórico de lo legendario, el fondo de lo agregado,

lo primitivo de lo dogmático, es empresa desesperada.

La cual, en efecto, termina, casi siempre, en la

desesperación de los lectores que, en ese embrollo de

sistemas que se contradicen y cambian de decenio en

decenio, acaban por no entenderse y por abandonarlos

todos. Los más famosos exégetas del Nuevo Testamento

sólo están de acuerdo en un punto y es éste: que la Iglesia

ha sabido elegir, en el enorme aluvión de la primitiva

literatura, los Evangelios más antiguos, reputados,

desde entonces, como los más fieles. No se pide más.

 

Junto con los Evangelios el autor de este libro ha tenido

a la vista aquellos “logia” y “ágrafa” que tienen más sabor

evangélico y también algunos textos

apócrifos, usados “con juicio”. Y, por último, nueve o

diez libros modernos, de entre los que tenía a mano.

Parécele, según lo que ha podido advertir, haberse

apartado, algunas veces, de las opiniones más comunes,

y de haber bosquejado un Cristo que no siempre tiene

los rasgos acicalados de las imágenes ordinarias, pero no

podrán afirmarlo con certeza. Por lo demás, no da sobrada

importancia a cualquiera novedad que pudiera

notarse en su libro, escrito con la esperanza más de ser

bueno que de ser bello. Tanto más que, en cambio, le

habrá acaecido el repetir cosas que otros dijeron y que

él, en su ignorancia, no ha conocido. En estas materias,

la substancia, que es la verdad, es inmutable y lo único

nuevo posible es la manera de exponerla bajo formas

más eficaces, de suerte que sea más fácilmente asequible.

Así como ha tratado de sortear los tremedales de la

alta crítica erudita, tampoco ha pretendido detenerse

mucho en los misterios de la teología. Se h a aproximado

a Jesús con la sencillez del deseo y del amor como se le

aproximaban, cuando hablaba, los pescadores de Cafarnaúm,

felizmente para ellos más ignorantes que el autor.

 

Este, aun manteniéndose fiel a las palabras de la Revelación

y a los dogmas de la Iglesia Católica, ha procurado,

a veces, presentar aquellos dogmas y aquellas

palabras bajo formas distintas de las corrientes, con un

estilo violento, de oposiciones y de candencias finales,

reavivado por términos crudos y amargos, a fin de ver

si, acaso, las almas de hoy, acostumbradas a los narcóticos

del error, son capaces de despertar a los golpes de

la verdad.

 

Para los descontentadizos el autor se atreve a apropiarse las palabras de Pablo:

“Con los que están sin ley me he hecho como si yo estuviera sin ley, por ganar a los

que estaban sin ley” (Corintios cap. 9, vers. 21). “Me he

hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me

he hecho todo para todos, para salvarlos a todos” (Cor.

IX, 22). “Y todo lo hago por el Evangelio” (Cor. IX, 23).

 

Ha tenido presente no sólo al mundo judío sino al

antiguo, con la esperanza de poder mostrar la novedad

y grandeza de Cristo comparado con todos aquellos que

lo precedieron. No ha seguido siempre el orden de los

tiempos y de los sucesos, porque convenía más a su propósito

—que no es, como lo ha dicho ya, propiamente

histórico— reunir ciertos grupos de pensamientos y de

hechos, para iluminarlos con más intensidad, en vez de

dejarlos esparcidos acá y allá en el curso de la narración.

Para no dar un aspecto pedantesco a su obra ha suprimido

todas las citas y ha querido prescindir de las notas.

No quiere parecer lo que no es, es decir, un doctor en

bibliografía, ni quiere que su obra huela, aunque sea

poco, a erudición. Los que entienden de esto se percatarán

de las autoridades no citadas y de las soluciones que

ha escogido en presencia de ciertos problemas de concordancia;

los otros, los que buscan solamente la manera

cómo Cristo se ha aparecido a uno de ellos, se sentirían

fastidiados con el fárrago de textos y disertaciones al pie

de cada página.

 

Quiero sí decir aquí una sola palabra acerca de la Pecadora

que llora a los pies de Jesús. Aunque los más

vean en los Evangelios dos escenas diversas y dos mujeres

distintas, el autor se ha permitido, por razones de arte,

reunirías en una sola y de esto pide perdón, que espera

le será otorgado, desde que no se trata de materia dogmática.

 

Debe hacer presente también que no ha podido explanar

a su manera los episodios en los cuales aparece la

Virgen Madre. Esto es por no alargar demasiado el libro

ya largo, y, especialmente, por la dificultad de mostrar,

aunque de paso, todo el rico tesoro de belleza religiosa

que en sí encierra la figura de María. Fuera menester otro

volumen y el autor se siente tentado, si Dios le da

vida y vista, de arriesgarse a la empresa de “decir de

Ella lo que jamás se dijo de otra alguna”.

 

Notarán, al menos los conocedores de los Evangelios,

que otras cosas de menor importancia han sido saltadas

y que otras, en cambio, han sido explicadas de una manera

no común. La razón es que éstas pareciéronle al

escritor más apropiadas a su intento, que es —para decirlo

con palabra desusada y hasta repugnante a ciertos

individuos— la “edificación”.

 

Este pretende ser un libro —la carcajada está descontada

ya— de edificación. No en el sentido de la beatería

mecánica, pero sí en el .sentido humano y viril de la renovación

de las almas.

Acción grande y sana es edificar una casa: brindar

albergue contra el frío y la noche, es elevarse. Pero edificar

una alma, ¡es construir con piedras de la verdad!

Cuando se habla de edificar, no se percibe más que un

verbo abstracto, gastado por la costumbre. Edificar, en

sentido corriente, significa levantar paredes. ¿Quién de

vosotros se ha detenido nunca a pensar en todo lo que

ge necesita para levantar paredes, para levantarla bien,

para hacer una verdadera casa, que se sostenga, que esté

firme, construida y techada en debida forma, con paredes

maestras a plomo y con el techo que no permita el

paso del agua? ¿Y en todo lo que se necesita para construir

una casa: piedras recuadradas, ladrillos bien cocidos,

tirantes duros, cal de primera, arena fina sin mezcla

de tierra, cemento no envejecido ni húmedo? ¿Colocarlo

todo en su lugar correspondiente, con buen ojo

y paciencia hacer que combinen exactamente las piedras,

no poner mucha agua o mucha arena en la argamasa,

tener humedecidas las paredes, saber llenar las

juntas y allanar debidamente los revoques? Así la casa

se eleva día por día, hasta el cielo, la casa del hombre,

la casa a la cual llevará a su esposa, donde han de nacer

sus hijos, donde podrá albergar a sus amigos.

 

Pero la mayor parte de los hombres cree que para

hacer un libro basta tener una idea y luego tomar muchas

palabras y ponerlas juntas de manera que queden

bien. Esto no es verdad. Un horno de tejas, una cantera,

no son una casa. Edificar una casa, edificar un libro,

edificar una alma son trabajos que ocupan todo un hombre

y todas sus responsabilidades. Este libro quisiera

edificar almas cristianas, porque al escritor le parece

que, en este tiempo, es ésta una necesidad impostergable.

¿Lo logrará? ¿No lo logrará? No puede decirlo

hoy, el autor del mismo.

Sin embargo, espera que confesarán ser éste un libro,

un verdadero libro, no un muestrario, no una colección

de retazos. Un libro que puede ser mediocre y hasta

equivocado, pero que está construido: una obra edificada

además de edificadora. Un libro con su plano y su

arquitectura, una verdadera casa con su pórtico, con sus

arquitrabes, con sus divisiones y sus bóvedas; y también

con algunas aberturas por donde ver el cielo y los campos.

 

El autor de este libro es, al menos quisiera serlo, un

artista y no podía olvidar esta su condición, precisamente

en la presente oportunidad. Mas declara que no ha querido

hacer obra de “bellas l e t r a s ” o, como se dice ahora,

de “pura poesía”, porque más le preocupaba, al menos

esta vez, la verdad que la belleza. Pero si aquellas virtudes,

por escasas que ellas sean, de escritor enamorado

de su arte lograran convencer a una alma más, se complacería

como nunca de los dones recibidos. Acaso su inclinación

a la poesía le ha servido para hacer más actual

y, en cierto modo, más fresca la evocación de las cosas

antiguas, que parecen petrificadas en lo hierático de las

imágenes consagradas por la c o s t u m b r e…

 

Todo es nuevo y presente para el hombre de imaginación.

Toda estrella grande que se mueve en la noche,

puede ser la que t e señala la casa donde nace u n hijo de

Dios. Todo establo tiene un pesebre que puede convertirse

en cuna, siempre que se llene con heno seco y paja

limpia; toda montaña desnuda, bañada de luz en los

amaneceres dorados sobre el valle sumido todavía en la

obscuridad, puede ser el Sinaí o el Tabor; en

los fuegos de los rastrojos o en las carboneras, que brillan

de noche en las colinas, puedes ver la llama que

Dios enciende para guiarte a través del desierto; y la

columna de humo que se eleva de l a chimenea del pobre

señala desde lejos el camino al bracero que regresa. El

jumento que monta la pastora, apenas terminada la tarea

de ordeñar, es el mismo que cabalgaba el profeta al dirigirse

a tiendas de Israel o el que bajó hacia Jerusalén

é n para la fiesta de Pascua. La paloma que gime al

borde del techo de pizarras es la misma que

anunció al patriarca el término del castigó o descendió

encima de las aguas del J o r d á n. Todo es igual y todo

es presente para el poeta, y toda historia es historia sagrada.

 

El autor, empero, pide perdón a sus austeros contemporáneos si,

más frecuentemente de lo que convenía,

se dejó arrastrar hacia la que, hoy casi con asco, se

llama elocuencia, hermana carnal de la retórica y madre

adulterina del énfasis y de otras hidropesías de la

selecta elocuencia. Pero puede que admitan que no le

era posible escribir la historia de Cristo con el mismo

estilo llano y tranquilo que conviene a la de don Abundio.

El propio Manzoni, cuando cantó la Natividad

y la Resurrección, no recurrió a los giros del pulcro

lenguaje florentino, sino que apeló a las imágenes más

imponentes del Antiguo y del Nuevo Testamento. \

Sé perfectamente que la elocuencia ¡disgusta a ! los

modernos, como las telas rojas a las damas de la ciudad

y el órgano de la iglesia a los bailarines del “jazz”:

pero no logré siempre prescindir de ella. La elocuencia,

cuando no es declamación artificiosa, es desborde

de fe; y en una edad que no cree, no hay sitio para la

elocuencia. Sin embargo, la vida de Jesús es un drama

y un poema tal que exigiría siempre, en lugar de las

palabras harto usadas de que podemos disponer, aquellos

vocablos “desgarrados y epilépticos” de que habla

Passavanti. Bossuet, que por cierto algo sabía de elocuencia,

una vez escribió lo siguiente: “¡Pluguiera a

Dios que nos fuera dado despojarnos de todo aquello

que halaga “el oído, de todo aquello que deleita el espíritu,

de todo aquello que hiere la imaginación para

no dejar más que la simple verdad, la fuerza y la eficacia

toda pura del Espíritu Santo, sin ningún otro pensamiento

que n o sea para convertir!” ¡Exactísimo!, pero ¿cómo lograrlo?

 

El autor de l a presente obra hubiera querido, en ciertos

momentos, poseer aquella elocuencia valiente y demoledora,

capaz de hacer temblar el corazón mejor

puesto, una imaginación avasalladora, capaz de trasportar

las aliñas, con repentino sortilegio, a un mundo de luz, de oro,

de fuego. En otros momentos, por el

contrario, le dolía, casi, el ser demasiado artista, demasiado

literato, demasiado orfebre y taraceador, y de no

ser capaz de dejar las cosas en su poderosa desnudez.

No se aprende a escribir como es debido un libro, sino

cuando se lo ha terminado. Llegados a la palabra final,

con la experiencia adquirida en la brega prolongada,

fuera menester empezar de nuevo y hacerlo completamente.

Pero ¿quién tiene, no digo ya la fuerza, mas ni

aun la idea de hacer tal?

 

Si en algunas de sus páginas tiene este libro el andar

de la predicación, no será, a fe mía, un gran mal. A los

sermones de las iglesias, donde con frecuencia se dicen

cosas mediocres y mediocremente, pero donde, con más

frecuencia aún, se repiten verdades que no deberían

olvidarse, de ordinario no acuden, en estos tiempos, sino

las mujeres y alguno que otro viejo: preciso es,

pues, pensar también en los otros. En los sabihondos,

en los intelectuales, en los refinados que no entran jamás

en la iglesia, pero sí, alguna vez, en las librerías.

Estos por nada del mundo escucharían un sermón pronunciado

por un fraile, pero no tienen mayor dificultad

en leerlo si se imprime en un libro. Y el presente libro,

repitámoslo una vez más, está hecho especialmente para

aquellos que están fuera de la Iglesia de Cristo; los

que permanecieron dentro, unidos a los herederos de

los Apóstoles, no necesitan de mis palabras.

 

El autor pide también perdón por haber hecho una

obra de muchas, de demasiadas páginas, tratando un

solo argumento. Hoy, que la mayor parte de los libros

—aun los del propio autor— no son más que ramilletes

o manojos de páginas recolectadas de los diarios o de

novelitas de corto aliento o de apuntes de cartera y no

pasan, de ordinario, de doscientas o trescientas páginas,

el haber escrito más de seiscientas acerca de un tema

único parecerá largo para los lectores modernos, más

habituados a los bizcochuelos livianos que a los panes

caseros de un kilo; pero los libros, como los días, son

largos o cortos según como sean llenados. El autor no

está tan curado de la soberbia, que sea capaz de creer que

nadie leerá su libro, debido a su mucha extensión,

sino que, lejos de ello, llega a forjarse la ilusión de que

pueda ser leído con menor aburrimiento que otros más

cortos. ¡Tan difícil es curarse del amor propio, aun por

aquellos que pretenden curar a los otros!

 

Escribí otro libro, años atrás, en que contaba la vida

melancólica de un hombre que quiso, en un dado momento,

hacerse Dios. Ahora, en la madurez de los años

y de conciencia, he tentado escribir la vida de un Dios

que se hizo hombre.

Este mismo escritor, en los tiempos en que dejaba a

su loco humor correr desenfrenado por todos los senderos

de lo absurdo, creyendo que de la negación de todo

lo trascendental resultaba la necesidad de despojarse

de toda mojigatería, aun de la profana y mundana,

para llegar al ateísmo integral y perfecto —y era lógico

como el “querubín negro” de Dante, pues la única elección

concedida al hombre es entre Dios y la Nada, y

cuando se huye de Dios no hay argumento capaz de sujetarnos

a los ídolos de la tribu y a todos los otros fetiches

de la razón o de la pasión— en aquellos tiempos

de fiebre y orgullo, el que esto escribe ofendió a Cristo

como pocos antes que él.

Así y todo, después de apenas seis años —pero seis

años de grandes angustias y devastaciones dentro y fuera

de él—, después de largos meses de encontradas reflexiones,

repentinamente, dejando aparte otro trabajo,

solicitado casi, y empujado por una fuerza más fuerte

que él, empezó a escribir este libro acerca de Cristo,

libro que, ahora, parécele insuficiente reparación de

aquella culpa. Con frecuencia Jesús ha sido más tenazmente

amado por aquellos mismos que antes lo odiaban.

El odio, a veces, no es .más que un amor imperfecto e

inconsciente; y así como así es siempre mejor aprendizaje

de amor que la fría indiferencia.

Cómo el escritor ha llegado, solo, a encontrar a Cristo,

por muchos senderos que, al final, desembocaran

todos al pie de la montaña del Evangelio, larga y difícil

cosa sería el decirlo. Pero su ejemplo —es a saber,

el ejemplo de un hombre que, desde niño, sintió repulsión

por todas las creencias conocidas y por todas-

!as iglesias y por todas las formas de vasallaje espiritual,

y después pasó, con desilusiones tan profundas como

poderosos habían sido sus entusiasmos, a través de

muchas experiencias, las más diversas y más nuevas de

que podía valerse—; el ejemplo, repito, de este hombre,

que ha consumido en sí mismo las ambiciones de una

época instable e intranquila como pocas; el ejemplo

de un hombre que, después de tanto despotricar, motejar,

desatinar, vuelve junto a Cristo tiene, acaso, un significado

que no es exclusivamente privado y personal.

No ha vuelto a Cristo por cansancio; porque, a decir

verdad, empieza para él una vida más difícil y una

obligación más pesada; ni por los miedos propios de

la vejez, porque todavía puede decirse joven; ni en

busca del “mundanal ruido”, porque con los vientos que

soplan más le valiera ser adulador que juez. Pero este

hombre, vuelto a Cristo, ha visto que El es negado y,

lo que es peor que toda otra ofensa, olvidado. Y ha sentido

el impulso de recordarlo y defenderlo.

Porque no sólo sus enemigos lo han dejado y gastado,

sino que hasta los que fueron sus discípulos, mientras

vivía, y lo comprendieron en mitad del camino o al

final, lo abandonaron; muchos de los que nacieron en

su Iglesia hacen lo contrario de lo que él mandó y prefieren

sus imágenes a su ejemplo vivo, y cuando han

gastado labios y rodillas en alguna devoción material,

creen haber cumplido con El y haber hecho cuanto

pedía y cuanto pide, desesperadamente, y casi siempre

en vano, junto con sus Santos, desde hace mil novecientos

años.

Una historia de Cristo escrita hoy, es una réplica, una

respuesta necesaria, una conclusión inevitable: el peso

que se pone en el plato vacío de la balanza, para que

de la guerra eterna entre el odio y el amor resulte, al

menos, el equilibrio de la justicia.

Que si alguien tildara al autor de regresivo, sépase

que no lo alcanza con su pretendido insulto. Frecuentemente

parece regresivo quien nace antes de su tiempo.

El sol que se encamina al ocaso es el propio sol que, en

el mismo instante decora el nuevo amanecer de un país

lejano. E5 Cristianismo no es una antigualla asimilada

ya, en lo que tenía de bueno, por la estupenda e imperfectible

conciencia moderna, sino que es, para muchísimos,

tan nuevo que ni siquiera ha empezado. El mundo,

hoy, busca más la paz que la libertad y no hay paz

verdadera sino bajo el suave yugo de Cristo.

Dicen que Cristo es el profeta de los débiles, y en

cambio El vino a fortalecer a los lánguidos y a elevar

por encima de los reyes a los pisoteados. Dicen que su

religión es religión de enfermos y moribundos y, sin

embargo, El «ana a los enfermos y resucita a los muertos.

Lo dicen opuesto a la vida, y El triunfa de la muerte.

Que es el Dios de la tristeza, cuando, por el contrario,

invita a los suyos a*la alegría y promete un banquete

eterno de regocijo a sus amigos. Dicen que ha

introducido la tristeza y la mortificación en el mundo

y, en vez de eso El, cuando estaba entre los suyos, comía

y bebía, se dejaba perfumar los pies y los cabellos,

y sentía asco por los ayunos hipócritas y por las penitencias

vanidosas. Muchos lo dejaron porque nunca lo

conocieron. A éstos, de una manera especial, quisiera

ser de provecho este libro.

El cual libro ha sido escrito —pido perdón por la

referencia— por un florentino, es decir, por uno salido

de aquella nación que, primera entre todas, eligió a

Cristo por propio Rey. La primera idea la tuvo Jerónimo

Savonarola, en 1495, pero no pudo realizarla. Fue

renovada en el apremio de las amenazas de sitio en

1527, y aprobada por gran mayoría. Encima de la puerta

mayor del Palacio Viejo, que se abre entre el David

de Buonarotli y el Hércules de Bandinelli, se empotró

una lápida con la siguiente inscripción:

JESÚS CHRISTUS REX FLORENTINI

POPULI P. DECRETO ELECTUS

 


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