Vida de Jesucristo

Jesús recibió su educación en casa, o tal vez en la de algún escriba de la sinagoga de la aldea; pero fue solamente la educación de un pobre. Como decían con desprecio los escribas, “nunca había aprendido”, o como nosotros diríamos, no era graduado de ninguna institución. Esto es cierto; pero el amor al saber se había despertado en él en edad muy temprana. Todos los días experimentaba la alegría que produce la buena y profunda meditación. Tenía la mejor clave para adquirir conocimientos: la inteligencia lista y el corazón amante; y los tres grandes libros: la Biblia, el Hombre, y la Naturaleza, estaban abiertos delante de él.

Es fácil comprender el entusiasmo ferviente con que Jesús se dedicó al estudio del Antiguo Testamento. Sus dichos, llenos de citas de él, nos dan una prueba muy convincente de que este estudio formaba, por decirlo así, el alimento de su inteligencia y el consuelo de su alma. El estudio que hizo de las Escriturasen su juventud fue el secreto de la admirable facilidad con que hacía uso de ellas en lo sucesivo para enriquecer su predicación y reforzar su doctrina, para resistir los asaltos de sus opositores, y para vencer las tentaciones del maligno.

Las citas que hizo Jesús de aquellas Escrituras nos indican también que las leyó en el original hebreo y no en la versión griega que se usaba generalmente. El hebreo era idioma muerto aun en Palestina, tal como actualmente lo es el latín en Italia; pero era natural que él deseara leer las Escrituras en las mismas palabras en que fueron escritas. Aquellos que no han logrado tener una buena educación, pero que con muchas dificultades han logrado aprender lo suficiente del griego para leer el Nuevo Testamento, entenderán mejor como Cristo, en una aldea, se posesionaría de aquel antiguo idioma y con cuánto deleite se dedicaría al estudio de los pergaminos de la sinagoga o de los manuscritos que él mismo pueda haber tenido. El idioma en que él hablaba y pensaba familiarmente era el arameo, rama del mismo tronco a que pertenecía el hebreo. Tenemos fragmentos de éste en algunos de los dichos memorables de Jesús, tales como: “Talita, cumi”, y “Eloi, Eloi, lama sabactani”. Por otra parte, tuvo la misma oportunidad de aprender el griego, que un muchacho nacido en Panamá o en Puerto Rico tendría para aprender el inglés, pues Galilea de los gentiles estaba habitada por muchos que hablaban el griego. De modo que él poseyó, probablemente, tres idiomas: uno, el gran idioma religioso del mundo, en cuya literatura estaba profundamente versado; otro, el más perfecto que jamás ha existido para expresar las ciencias y los conocimientos humanos, aunque no tenemos evidencia de que estuviese familiarizado con las grandes obras de literatura griega; y el tercero, el idioma del pueblo al cual con especialidad dirigía sus predicaciones.

Hay pocos lugares donde la naturaleza humana pueda estudiarse mejor, que en un pequeño pueblo o aldea, porque allí se conoce casi totalmente la vida y carácter de sus habitantes. En una ciudad puede verse mayor número de personas, pero con pocas está uno relacionado íntimamente, porque allí sólo la vida exterior es visible; no así en una aldea, donde la vista exterior es reducida, pero la interior es profunda y la espiritual ilimitada. Nazaret era una ciudad notable por su maldad, como puede muy bien inferirse de aquella pregunta proverbial: “¿De Nazaret puede haber algo de bueno?”. Jesús no conocía el pecado en su propia alma, pero en la ciudad tenía delante la exhibición completa del tremendo problema del mal con el cual era su misión luchar.

Entraba en contacto íntimo con la naturaleza humana por motivo de su oficio. No cabe duda de que él trabajaba como carpintero en el taller de José. ¿Quiénes podían conocerlo mejor que los que vivían en el mismo lugar y los que, más tarde, admirados por su predicación, exclamaron: “¿No es éste el carpintero? “. Sería difícil comprender plenamente la significación del hecho de que de entre todas las condiciones en que Dios pudiera haber colocado a su Hijo, durante su permanencia entre los hombres, escogiese la de un artesano. Este hecho selló con eterno honor el trabajo del obrero. Hizo también que Jesús se familiarizase con los sentimientos de la multitud y le ayudó a conocer lo que es el hombre. Después se dijo que él sabía esto tan perfectamente, que no necesitaba que ningún hombre se lo enseñase.

Los viajeros nos dicen que el lugar en donde él creció es uno de los más hermosos de la tierra. Nazaret está situado en un valle apartado, en forma de cuenca, entre las montañas de Zabulón, precisamente en donde éstas descienden al valle de Esdraelón, con el cual está unido por una vereda escarpada y pedregosa. Sus blancas casas. con vides que trepan por las paredes, se medio ocultan entre los huertos y arboledas de olivo, higuera, naranjo y granado. Sus campos están divididos por cercas de cacto, y adornados con flores de diferentes colores. Tras la aldea se levanta una colina de 150 metros de altura, desde cuya cima se disfruta de una de las vistas más hermosas del mundo. Al norte se ven las montañas de Galilea, y las cumbres del Hermón cubiertas de nieve; al oeste, la cumbre del Carmelo, la costa de Tiro y las relucientes aguas del Mediterráneo; a unas cuantas millas al este, la masa cónica del Tabor; y al sur el llano de Esdraelón con las montañas de Efraín más allá.

La predicación de Jesús nos muestra cuan profundamente él había aspirado la esencia de la belleza natural y lo mucho que se había deleitado en los variados aspectos de las estaciones. Fue mientras andaba por estos campos cuando era joven que recogió aquellas hermosas figuras que usaba con tanta abundancia en sus parábolas y discursos. En aquella colina adquirió el hábito de su vida posterior, de retirarse a las montañas para pasar la noche en oración solitaria. Las doctrinas de su predicación no fueron formuladas en el momento de pronunciarlas. Fueron emitidas como una corriente al presentarse la ocasión, pero el agua de ella se había estado recogiendo en un recóndito manantial durante muchos años. Su doctrina la había desarrollado en los campos y en las montañas durante los años de feliz y tranquila meditación y oración.

Debe mencionarse todavía otra influencia educativa. Cada año, después de haber cumplido los doce años, iba con sus padres a Jerusalén, a la fiesta de la Pascua. Afortunadamente tenemos el relato de la primera de estas visitas. Es la única ocasión durante treinta años, en que el velo de lo desconocido se levanta un tanto.

Todos aquellos que recuerdan su primer viaje de la aldea a la capital de su país, comprenderán el gozo y agitación que debe de haber experimentado Jesús al salir del hogar. Por más de 100 kilómetros el camino atraviesa una región de la cual cada kilómetro rebosaba de recuerdos históricos e inspiradores. El se unió a la creciente caravana de peregrinos que caminaban, llenos de entusiasmo religioso, para conmemorar la gran fiesta eclesiástica del año. Se dirigía hacia una ciudad que cada corazón judío amaba con una intensidad mayor que la que se haya dado jamás a cualquier otra capital. Una ciudad llena de objetos y recuerdos a propósito para tocar las más profundas fuentes de interés y emoción en su alma.

En tiempo de la Pascua la ciudad hervía con forasteros de más de 50 países diferentes, que hablaban otros tantos idiomas y vestían otros tantos trajes diferentes. Jesús tomaba parte, por primera vez, en una solemnidad antigua y llena de recuerdos patrióticos y sagrados. No ha de extrañarnos que cuando llegó el día en que debía volver, estuviese tan excitado con los nuevos objetos de interés, que no se uniese a la compañía en el lugar y tiempo señalados. Un lugar fascinaba su interés sobre cualquier otro: el templo, y especialmente la escuela donde enseñaban los maestros de la sabiduría. Su mente rebosaba de preguntas, cuya aclaración podía pedir a aquellos doctores. Su sed de sabiduría tenía la primera oportunidad para satisfacerse. Allí pues, escuchando a los oráculos de la sabiduría de aquel tiempo y con la excitación pintada en su semblante, le hallaron sus atribulados padres, que volvían con ansiedad para buscarlo, habiéndole echado de menos después de la primera jornada hacia el Norte.

Su respuesta a la pregunta un tanto represiva de su madre, descubre el carácter de su alma en el tiempo de su juventud, y nos deja ver ampliamente los pensamientos que lo ocupaban en las campiñas de Nazaret. Nos muestra que a pesar de su juventud se había elevado ya sobre las masas del pueblo, las que pasan la vida sin preguntarse cuál será la significación o el término de la existencia. Sabía que había de desempeñar una misión divinamente señalada, cuyo cumplimiento debía ser la sola ocupación de su vida. Este fue el pensamiento ardiente de toda su vida posterior. Debiera ser el primero y el último pensamiento de toda vida. En la vida posterior de Jesús vemos que con frecuencia repite en sus predicaciones ese pensamiento, y por último lo oímos resonar, cual campana de oro, al concluir su obra, en aquellas palabras tan solemnes: ” ¡Consumado es!”.

Se ha preguntado con frecuencia si Jesús supo siempre que era el Mesías, y en caso contrario, cómo y cuándo le vino este conocimiento; si le fue sugerido al oír a su madre referir la historia de su nacimiento, o si le fue anunciado por inspiración interior. ¿Vino este conocimiento de una sola vez, o gradualmente? ¿Cuándo fue que tomó forma en su alma el plan de su carrera, que llevó a cabo tan resueltamente desde el principio de su ministerio? ¿Fue el lento resultado de años de reflexión, o le vino instantáneamente? Estas preguntas han ocupado la atención de los más eminentes cristianos, y han recibido muy diferentes contestaciones. Y no me atreveré a resolverlas; mucho menos, teniendo delante la respuesta que dio a su madre, me permito pensar en que haya habido un tiempo en que no supiese cuál iba a ser su misión en este mundo.

Sus visitas subsecuentes a Jerusalén deben de haber tenido mucha influencia sobre el desarrollo de su carácter. Si volvió con frecuencia a escuchar y a hacer preguntas a los rabinos de las escuelas del templo, no debe de haber tardado en descubrir cuan superficial era su renombrada sabiduría. Es probable que en estas visitas anuales descubriese la completa corrupción de la religión de aquel tiempo, y la necesidad de una reforma radical tanto en la doctrina como en la práctica, y marcase las prácticas y las personas que más tarde había de atacar con la vehemencia de su indignación sagrada.

Tales fueron las condiciones externas entre las cuales creció Jesús hasta la edad madura. Sería fácil exagerar la influencia que pudiera suponerse que ejercieron sobre su desarrollo. Mientras más grande y original sea el carácter, menos depende de las peculiaridades de su situación. Se alimenta de las fuentes profundas que tiene dentro de sí, y en su germen encierra un tipo que se desarrolla según sus propias leyes y que desafía las circunstancias. En otras circunstancias cualesquiera, Jesús hubiera llegado a ser, en todos los puntos esenciales, exactamente la misma persona que llegó a ser en Nazaret.

 


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