¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores?

 En todo hombre duermen facultades latentes gracias a las cuales le es posible adquirir un conocimiento de los mundos espirituales. Místicos, gnósticos, teósofos, han afirmado en todo tiempo y lugar la existencia de un mundo de las almas y de un mundo de los espíritus, para ellos tan consistente y tan presente como éste que puede ver físicamente con sus ojos y tocar con sus manos. La ciencia secreta no es más misteriosa para el profano que pueda serlo el arte de escribir, de pintar o de esculpir para quién no haya aprendido sus reglas. Se podrá aprender a escribir o a pintar cuando se tomen medidas necesarias para ello. Del mismo modo, si se sigue el buen camino, se puede llegar a convertirse en un discípulo, y hasta en un maestro de la ciencia oculta. Sólo en un punto de vista se distingue ésta de las demás ciencias humanas; se puede comprender que una gran pobreza o un medio muy primitivo puedan impedir a alguien que aprenda a escribir; en cambio, ningún obstáculo exterior podrá detener la marcha de quien aspire profundamente a adquirir los conocimientos y habilidades necesarios en los mundos superiores. A menudo se piensa que es necesario buscar en algún lugar a los maestros del conocimiento superior para obtener sus consejos. Pero de hecho, más vale tener en cuenta dos cosas: en primer lugar, el que avance seriamente hacia el conocimiento no retrocederá ante ningún esfuerzo, ante ningún obstáculo, para llegar a descubrir a un iniciado que le pueda introducir en los secretos del universo. Por otra parte, si su aspiración al conocimiento es tan sincera como noble, el momento de la iniciación llegará para él cualquiera que sea la situación en que se encuentre. Porque a ningún espíritu que busca le puede ser negado el conocimiento a cuya conquista ha adquirido el derecho. Es ésta una ley natural para todo iniciado. Pero otra ley, igualmente natural, prescribe no entregar ningún secreto a quien no esté preparado para recibirlo. Un iniciado está mucho más realizado como tal cuanto más rigurosamente observe estas dos leyes. El lazo espiritual que une a todos los iniciados no tiene nada de exterior; pero estos dos preceptos constituyen las sólidas ataduras que enlazan entre sí los cabos de esos dos lazos. Usted puede ser íntimo amigo de un iniciado, pero, en el fondo, estará separado de él hasta tanto no se convierta en iniciado también usted mismo. Puede gozar de todo su afecto, de toda su estima; sin embargo, él no le confiará un secreto hasta que usted no se encuentre maduro para recibirlo. Puede halagarle, puede amenazarle, puede torturarle; nada le hará traicionar la más mínima parcela de lo que no debe decir porque, en el grado de desarrollo en que usted se encuentra, esta revelación no despertaría aún en su alma la resonancia justa. Los caminos que hay que recorrer para adquirir la madurez que exigen estas revelaciones están establecidos de una manera precisa. Ellos han sido trazados con anterioridad, en caracteres eternos e inefables, en los mundos espirituales donde los iniciados vigilan los misterios supremos. En los tiempos antiguos, que han precedido a los tiempos históricos, los hombres podían ver externamente los templos del espíritu. Hoy día, al haber perdido la vida humana toda espiritualidad, estos templos ya no son visibles a nuestros ojos. Pero por todas partes existen bajo una forma espiritual y todo el que los busque los puede encontrar. Sólo en el interior de sí mismo encontrará un hombre los medios necesarios para hacer hablar a un iniciado. Si lleva consigo determinadas cualidades interiores hasta un cierto grado de desarrollo, podrá tomar la parte que le corresponde de los tesoros de la sabiduría.

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